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 La audiencia de Urquenoa [Privado]

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Urquenoa

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Fecha de inscripción : 03/06/2014

::Personaje de Antilea::
Raza: Humano

MensajeTema: La audiencia de Urquenoa [Privado]   Miér Jun 11, 2014 1:55 am

Los hechos aquí narrados pertenecen al año 1728, dos años antes del fin de la pandemia y del año actual del calendario de Antilea.

Música

Urquenoa le había dado vueltas. Demasiadas. Tenía quince años y creía que se estaba volviendo más loco. Todavía más. Así que decidió que no perdería más el tiempo.
Se encontraba en una habitación completamente decadente. Urquenoa, a pesar de ser un genio, vivía de forma muy desordenada y excéntrica con los objetos de su hogar.
Hijo de nobles, había heredado una casa nobiliaria en forma de edificio de varias alturas, exclusivamente para él y una cantidad de dinero respetable que había maximizado notablemente gracias a sus habilidades musicales. No nos olvidemos de su prestigio social, elemento importante de la nobleza y que a pesar de todo el que tenía, últimamente se había puesto en entredicho debido a su conducta.
 
Por aquél entonces Urquenoa todavía no había terminado su formación musical académica, todavía estaba como alumno en la Academia. Y es aquí justo cuando empezó a deslumbrar. Los profesores se estaban quedando muy asombrados con él y con otros alumnos que estaban destacando especialmente. Hacía poco pues que había comenzado su carrera de compositor de cara al público y ya podía conseguir algo de dinero con esto. Sin embargo en este entonces no era para nada el apogeo que tendría en los próximos dos años.

Música

Cogió las llaves, irrelevantes, el portero le abriría a él y sólo a él cuando llegase. Salió de su residencia. Le gustaban estas llaves, y el sonido metálico. Pensaba en sonidos mientras el llavero tintineaba. Realmente sólo las llevaba para eso. ¿Y ahora qué? Se le había olvidado. Rebuscó en su bolsillo y abrió la hebilla del collar de su cuello. Era de cuero y el típico que habría llevado más bien una mascota. Colocó la pieza y la cerró. Era un regalo, un regalo que le hacía pensar en sus padres, a los cuales quería mucho. Sí, los quería, cuando todavía estaban vivos. Tuvo dolor de cabeza.
Cogió la gabardina negra que estaba tirada sobre un sofá y se la puso.

Ya había arreglado todo lo necesario. Incluso se había pasado una temporada apenas sin comer ni dormir, tumbado en su cama, mirando al techo. Había presionado a la gente adecuada y lo había conseguido. Iría a la fortaleza.
Había pasado toda la noche en vela, odiaba madrugar. Vivía mucho más de noche que de día, le gustaba. Nictofilia. Le gustaba esa palabra, y no sólo por la raíz.
Se fijó en el reloj de la torre cercana en frente de la puerta de su hogar. Quedaba poco para las doce, y el coche de caballos llegaría. No le gustaba especialmente trasladarse de esta forma, de hecho rehuía salir al exterior con cierta frecuencia, pero Gran Capital era muy grande y la Fortaleza de la Divinidad no quedaba precisamente cerca.

El coche de caballos llegó. Los taxis. Se subió a él. Qué asco. Iba traqueteando por la acera y Urquenoa sacó una caja de tabaco a medio terminar del bolsillo de su gabardina. Encendió el cigarro con un mechero rudimentario. Inhaló. Muy despacio exhaló el humo con los labios, relamiéndose un poco después mientras lo hacía. Se imaginaba en un espejo.
-Hey, conductor –espetó de repente Urquenoa-.
-P-perdón, dígame –replicó algo titubeante el taxista-.
-Hábleme de algo, cuénteme cualquier cosa.
El cochero entonces, visiblemente nervioso empezó a contar lo primero que se le ocurrió, hasta que al final encontró un buen tema y se explayó verdaderamente emocionado. No todos los días tienes la oportunidad de que un noble quiera escuchar algo de ti. Pero Urquenoa no escuchaba el monólogo, lo había dicho como quien lanza una piedra muy lejos y se desentiende de ella. Sostenía el cigarrillo en los labios. Tal vez esto me esté matando.

Poco después volvió a mirar su colgante. Un regalo de padre y madre. Los echaba de menos. ¿Qué significaba? Parecía algo tecnológico propio de la cultura enana. Ni siquiera tenía valor por estar hecho de algún metal precioso determinado. Pero tal vez guardaba un mensaje. ¿Qué habríais escrito vosotros, padre, madre, si sólo tuvieseis unas líneas y muy poco tiempo? Quién sabe. Siguió pensando en música hasta que por fin llegaron a la fortaleza.

Se alzaba imponente. Urquenoa era un poco divo y le gustaba lo exhuberante, pero acabaría odiando vivir en un sitio tan ostentoso y… desproporcionado. De todas formas cualquiera podía hacer un edificio enorme, había habido muchos. El de la fortaleza había sido un gran arquitecto. Pero no revolucionó nada. Y qué decir de toda la revolución que él y su generación de música estaban montando. Ahora las obras orquestales de larga duración eran una constante, la gente hacía sus opus magnum y se tendía a rebuscar mucha complejidad. Refinando el arte.

¿Qué sería de todos esos arquitectos y pintores sin la música? Pensaba que, por muy grande que pueda ser un pedazo de piedra sólo puede ser eso, grande, cómodo o bello. Pero no te hará sentir triste o emocionado, o enamorado. Tal vez comparar música y arquitectura era una idiotez. A Urquenoa le fascinaban las idioteces. Qué contradicción, le gustaba tanto ser un genio y… En cierta medida, toda persona es un sistema de contradicciones, había escuchado decir. Vivimos constantemente resolviendo y conviviendo con nuestras propias contradicciones internas. Sonrió.

Cruzó parte de la grande plaza que se abría frente a la fortaleza. Poco a poco llegó a una especie de recepción, con unos soldados. Una aduana. Siguió andando. Los soldados se pusieron nerviosos y tajantemente, bloquearon el paso. El que parecía ser el capitán encargado dijo montón de cosas a las que Urquenoa no prestó atención, que si necesitaba una entrada oficial sellada por triplicado y también se deshizo en adjetivos remarcados hacia la divinidad y superioridad de la reina al tiempo que le echaba una especie de reprimenda. O algo así. Urquenoa ya no estaba para estas coas.

Le estaban tratando como a un crío imbécil, juzgándole en base a su edad. Las únicas personas a las que permitía hacer de padres suyos, ya habían muerto hace tiempo. Se quedó en silencio. Avanzó un poco más y un arma se puso cerca de su cuello, otra apuntando a su cara y otra al costado. Permaneció impasible y tranquilo. Le miró fijamente a los ojos, se puso muy serio y dijo con un tono duro en la voz:
-Atreveos a hacedme algo y lo arrepentiréis el resto de vuestras vidas. Si no creéis que esté autorizado revisadlo en la lista. No he traído documento alguno. Ahora, voy a avanzar.
Los guardias retiraron las armas y un secretario parecía a punto de decir algo como ‘pero esto no funciona así’. Burocracia. Qué asco. Otro secretario fue corriendo al castillo a donde debía estar otra de las listas, mientras Urquenoa siguió avanzando por la plaza. Susurró algo de que estaba harto de incompetentes. La verdad había decaído mucho esto.

No en realidad, pensó Urquenoa. La guardia de la plaza no era la defensa real. Los conjuros mágicos y los ballesteros ocultos que dispararían si alguien cruzaba violentamente o con algún signo de violencia, era la verdadera defensa aquí. Así que… todo encajaba. Esos soldados eran deliberadamente incompetentes. Parecía que Athena o sus consejeros estaban actuando inteligentemente. ¿Así lo estarían haciendo con la ciudad y con el comercio y las relaciones políticas que tocarían en estos tiempos difíciles? Ojalá hubiese forma de saberlo.

Hora de ponerse serio, pensó. No estaba fingiendo. Realmente no, pues había ido allí por su propia voluntad y su interés. Sólo estaba mostrando otra cara.

Entró por la puerta y los goznes se abrieron. Había mucho ajetreo por el recibidor de la fortaleza, como siempre, imaginaba. Fue conducido por un pasillo que llevó a algunas escaleras. Después de unos minutos caminando, acompañado por una especie de mayordomo, llegó a la puerta que estaba buscando.

Música

La puerta fue abierta. Delante de él, en el lado opuesto de la sala se encontraba alguien sentado en un trono. La figura era femenina. Una ventana se alzaba mucho por encima de ella, iluminándole a él y dejando la figura del trono mucho más en sombras.

El canon mandaba arrodillarse ante el rey. Pero él no quería. Midió las posibilidades. No era lo mismo incumplir el protocolo ante un súbdito que ante un rey. Pero él no sentía nada al hincar la rodilla contra el suelo y bajar la cabeza. El mayordomo se ponía nervioso. Malditas sanguijuelas sin imaginación, dependientes de las normas. Si algo no salía como esperaban ni siquiera sabían cómo reaccionar.

Se arrodilló. No por ella, sino por sus padres. Cerró los ojos y pensó un momento.
Se le hizo un gesto y se volvió a incorporar. Miró fijamente a la reina y habló:
-Excelsísima reina Athena. Gracias por su tiempo y por concedérseme esta oportunidad. Vengo a expresarle un descontento que sale del más profundo de mi corazón ante la fallida investigación de mis padres.

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